Origen de La Picada: Historia de Un Clásico Argentino

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El asado, las empanadas, el dulce de leche y hasta las milanesas… Clásicos que no pueden faltar en nuestra mesa que sacaron la partida de origen argentina, aun cuando sus inicios verdaderos sean asunto de debate. ¿Habrá que añadir la picada a esta lista?

Aun cuando la picada de quesos, fiambres y aceitunas ya forma parte del paisaje porteño, allá por la década del 40, a nadie se le ocurría pedirla. Lo más parecido que había en los bares era el copetín: aceitunas, maní o palitos y papas fritas, servidos en el triolet, ese platito de metal unificado en el centro por un recipiente para escarbadientes.

Ya en los 60, ciertos bares sumaron uno que otro canapé, jamón, uno o 2 cuadraditos de tortilla, pan y paté. Y al vino, vermú o cerveza además se le añadían vino blanco o rosso, Campari, Hesperidina y hasta Pineral.

Casi no hay dudas de que ese copetín y las picadas de ahora, llenas de variedades extraordinarias que van a partir de los diferentes fiambres y quesos hasta las más desarrolladas combinaciones de pescados, poseen un vínculo bastante profundo con las tapas españolas. Las tapas poseen 2 posible partidas de origen, a falta de una:

Los más románticos las fechan a lo largo del reinado de Alfonso X, más distinguido como El Sabio, quien estuvo al mando de España entre 1252 y 1284. Según cuenta la leyenda, el monarca prohibió a los mesoneros que sirvieran vino si no era en compañía por algo de comida, para eludir las borracheras causadas por tener el estómago vacío.

Y de esta forma ha sido como el alcohol era servido con rodajas de jamón, cualquier embutido o un trozo de queso. Y para que no quedaran dudas de que debía ser consumido previo a tomar, el componente en cuestión iba sobre el vaso.

Los más prosaicos sin embargo, atribuyen las tapas a Alfonso XIII (1886-1931), quien se había detenido en una posada para tomar. Frente a los fuertes vientos, garantiza esta versión, el camarero tapó el vaso de vino con una rodaja de jamón para que se no llenara de arena.

Claro que además encontramos quienes le otorgan a la picada un origen argentino. Roberto Fontanarrosa indaga sobre el asunto en su libro Negar Todo y Otros Cuentos. Así, da con la narración del periodista Héctor Nicolás Zinni, autor de El Maní en la Cocina Criolla. Zinni garantiza que, en 1896, un suceso accidental dio origen a la picada.

Dicho año fue a Rosario John William Beresford, agregado cultural del Reino Unido y sobrino nieto del general William Beresford, popular por las Invasiones Inglesas. Frente al valor de la visita, el Gobierno le encargó una comida a la cocinera Quintina Pereyra Sosa.

Quintina hizo locro, pero para darle más sabor, además preparó bastante más de ochenta elementos que colocaría en la olla a último momento. Frente a la inminencia de la llegada del visitante, fue a maquillarse y cambiarse y dejó sobre la mesa los componentes, localizados en platitos diversos.

La cuestión es que Beresford se adelantó, estaba muerto de antojo y, frente a la falta de sus anfitriones, inició por los componentes, a los que calificó como pickles. Y de pickles a picada hay solamente un pasito.

Años más tarde llegarían los escarbadientes, cuya invención se le atribuye al sastre catalán Jordi Mondadent. En 1919, Mondadent le entregó un nuevo uso a los palitos de madera que utilizaba para sus confecciones. Sí, pinchar quesos, fiambres y aceitunas.

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